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Origen del Carmelo
El origen del Carmelo se entrelaza profundamente con el espíritu de las Cruzadas, aunque no nace directamente de ellas como empresa militar, sino de su hondura espiritual. A finales del siglo XII, mientras los reinos cristianos cruzaban a Tierra Santa con el propósito de recuperar los lugares santos, algunos cruzados, tocados interiormente por la experiencia del desierto y del silencio, decidieron no regresar a Europa.
Entre las colinas que miran al mar Mediterráneo, en el Monte Carmelo, junto a la fuente del profeta Elías, estos hombres buscaron una vida distinta: no la del combate exterior, sino la de la batalla interior del alma. Inspirados por el profeta que había ardido en celo por el Señor, formaron una comunidad de ermitaños dedicados a la oración, la penitencia y la contemplación, bajo la protección de la Virgen María, a quien veneraban como “Señora del lugar”.
Poco a poco se juntaron más ermitaños y en torno al año 1209 solicitaron una regla de vida al patriarca de Jerusalén, san Alberto, quien les dio una profunda norma, con el fin de “vivir en obsequio de Jesucristo”, bajo una experiencia de fe centrada en la vida de soledad, la oración continua y la fraternidad. Estos ermitaños deberían “meditar día y noche la ley del Señor. Ellos convivieron bajo una primera regla dada por san Alberto de Jerusalén, que luego sería retocada por el papa Honorio III (1226)
Los ermitaños del monte Carmelo, al ser perseguidos por las guerras, emigraron hacia Occidente extendiendo la Orden a Europa. Es así como el Carmelo, en contacto con las ciudades y los pueblos, asumió la forma de una vida mendicante, fiel a su espíritu contemplativo, pero abierto al apostolado. En 1247, el papa Inocencio IV aprobó este cambio de estilo de vida.
Cabe resaltar que, aunque los carmelitas se abstenían de comer carne y continuaban guardando silencio, llevaban un estilo y una gran devoción a la Virgen María que les valió para ganarse el aprecio de todos los pueblos donde estaban instalados.
En 1251 resalta de manera notoria la figura de Simón Stock, fraile inglés a quien mientras oraba pidiendo auxilio a la Virgen por la Orden, María se le apareció sosteniendo en sus manos el Santo Escapulario que se convertiría en signo de la protección de María hacia los carmelitas.
En efecto, desde entonces el Escapulario del Carmen se convirtió en un símbolo de consagración a la Virgen María, de confianza en su intercesión y de compromiso a vivir en gracia y fidelidad al Evangelio.
En el siglo XIV el Carmelo se integra plenamente entre las órdenes mendicantes junto a franciscanos y dominicos, surgiendo teólogos y místicos que defienden la identidad contemplativa carmelitana. Un siglo después se añaden algunas mitigaciones a su norma vida: reducción de tiempos de ayuno y silencio, cierta relajación de la vida de oración y pobreza, así como la experiencia de que los conventos se erigen en zonas más urbanas.
Es así como en el siglo XVI nace Teresa de Cepeda y Ahumada el 28 de marzo de 1515, ingresando al Carmelo de la Encarnación a los 20 años. Mujer de salud frágil, pero de un trato envidiable, su forma de ser le hizo ganar la amistad de muchas personas notables de su tiempo, sin embargo, esto también se constituyó para ella en un peligro: vivió muchas veces atada fuertemente a las amistades de modo que no le entregaba todo su corazón a Dios, así como tuvo la conciencia de una mediocridad espiritual que no le dejaba vivir. Incluso estuvo a punto de morir, tomándose mucho tiempo para recuperarse hasta que, por fin, por intercesión de san José, a quien ella le tuvo mucha devoción, logra recuperar la salud física, faltándole aún la espiritual.
Luego de más de 15 años en el monasterio de la Encarnación y gracias a la lectura de las Confesiones de San Agustín y a la contemplación del Cristo llagado donde Teresa se deja vencer por el Señor y se determina a que Él sea el protagonista de su vida.
Años después, en los inicios de su conversión, un grupo de carmelitas reunidas en su celda le motivan para iniciar una reforma del Carmelo, con el deseo de volver al carisma original del Monte Carmelo. En efecto, el Carmelo de la Encarnación en la cual vivía Teresa tenía muchas limitaciones: la cantidad de monjas era demasiada que impedía una vivencia de una verdadera fraternidad y que generaba en el monasterio una fuerte necesidad económica para la alimentación de ellas lo que hacía que muchas veces se priorizaba recibir a personas notables en el monasterio con el fin de conseguir de ellos dinero para mantener el monasterio. Por otro lado, había una notoria estratificación en el mismo, entre las que sabían leer y o no, y las que tenían más o menos dinero. Teresa, frente a esta situación se sintió impulsada a iniciar algo nuevo de modo que funda el Carmelo de San José Ávila el 24 de agosto de 1562.
En este nuevo Carmelo ella procurará que sean pocas, 12 monjas más la priora, a imagen del colegio de Cristo, donde se procure un buen discernimiento de las candidatas y la formación y preparación de las mismas, priorizando la vida de oración por encima de todas las necesidades materiales, enseñando a sus hermanas a confiar en Dios.
Cuando la madre Teresa fundaba su segundo monasterio en Medina del Campo, se encuentra con fray Juan de Santo Matía (luego fray Juan de la Cruz) y lo gana para la reforma. Así el 28 de noviembre de 1568 se inauguró el primer convento de los frailes en un pueblito llamado Duruelo, recibiendo el nombre de Descalzos.
Es así como surgió la Reforma del Carmen, Con el correr de los años, esta Reforma se independizó de la Orden del Carmen y tomó el nombre de Hermanos Descalzos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo (nombre que ostenta en la actualidad). Se inició un periodo de la expansión de la nueva Reforma continuada en los siglos venideros.
El espíritu de Santa Teresa fue difundido fuera de España y se abrieron muchos conventos en diferentes países de Europa. De entre muchas monjas que formaron parte de las carmelitas descalzas cabe señalar a Santa Teresita del Niño Jesús, santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), Santa Teresa de los Andes, santa Isabel de la Trinidad, entre otras.
En efecto, hoy en día la Iglesia sigue gozando de los frutos de la santidad del Carmelo Descalzo que tanto bien han hecho y siguen haciendo a la Iglesia.